lunes, 12 de septiembre de 2011

así fue






En la campiña oscura te vi la primera vez. Tus ojos eran grandes y miraban de lleno al vacío. No entendía como era que me habías seguido hasta ahí. El viento soplaba y se dividía en dos. Yo respiré hondo y esperé a que tú te movieras. En tu mirada observé el reflejo de tu sentir y des la desesperanza, pero aunque el sol ya se había ido, había mucha luz dentro de ti. Estaba segura de que no sabías que estabas a punto de morir.

Te saludé y te invité a entrar. El calor de mi cueva te agradó al principio, pero pronto empezaste a sofocarte. Unas sombras a lo lejos te hicieron titubear. Pero yo siempre supe que estabas diciendo la verdad.

La velocidad con la que formaste las siluetas en tus manos de nieve y fuego fue fascinante. Te invité a quedarte pero dijiste que debías volver. Pobre ingenuo. Nunca volverías. No dejé que me miraras a los ojos porque sabía que ahí te subirías en una barca y te perderías en la verdocidad del mar que llevo dentro. Encendimos la pipa de opio y nos recargamos espalda con espalda pero yo nunca me sentí triste. Hay cosas que simplemente tienen que ser para que podamos llegar a ser lo que somos.
Me contaste sobre los hongos que invaden las cortezas de los arboles cuando estos ya van a morir. Estos hongos representan la muerte inminente de los árboles enfermos. Solo le salen a lo que está por dejar de vivir. Yo lo supe, yo era tu ganoderma personal. Pero tú, tú no te dabas cuenta. Al caer la mañana, desperté atemorizada de que hubieras escapado. Y sí así lo fuera, sería mi culpa. Pero estabas durmiendo a mi lado con los ojos bien cerrados y el brazo torcido. Supe entonces que era el momento. Cuando regresé de afuera, tu cuerpo aun estaba caliente.

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