martes, 31 de enero de 2012

el silencio de mi pesar









Hace algunos años, conocí en una guardia en el hospital a una enfermera que era una mustia, siempre traía mala cara y aunque era muy buena en su trabajo, no era sociable ni muy extrovertida, y a decir verdad era muy poco agradable. Yo estaba cubriendo una suplencia de quince días y coincidimos en varias ocasiones, era muy hacendosa y profesional pero nunca pudimos entablar amistad. Los trabajos nocturnos son duros y necesitaba sobrellevar la noche y un día no me quedó más remedio que hacerle platica. Después de un rato de small talk  esto fue lo que me contó: “Tengo dos hijos y un nieto.”  No parecía lo suficientemente grande para tener un nieto, no era una jovencita pero me pareció raro y le dije: “Pero usted es muy joven para tener nietos”. Ella solo cerró los ojos y se miró las manitas pequeñas que tenía y  suspiró: “Pues mire doctora, hace no mucho,  mi hija estaba entrando a la prepa. Mi hija es una chica muy callada, introvertida y la verdad casi no amistaba con nadie. Se venía directo de la secundaria a la casa y no salía ni se hablaba con nadie, casi ni yo le conocía la voz. Pero cuando entró a la prepa de repente yo la empecé a ver muy desmejorada, muy triste, más que de costumbre pero como siempre había sido de carácter así no le puse mucha atención.  Pero ya se veía flaca y muy ojerosa y me preocupé y no quería comer nada entonces yo pensé que a lo mejor tenía parásitos y  la traje aquí con el pediatra. La revisó y le dijo que estaba baja de peso y que de todos modos aunque no creía q tuviera parásitos, le  iba mandar hacer unos exámenes.” La enfermera vivía con su papá que ya era un señor grande de edad, su hija y un niño pequeño, hacía unos dos años que su esposo la había dejado. Cuando llegó el tiempo de recoger los exámenes fue por los resultados del examen con el hijo más pequeño dejando en su casa a su anciano padre y la muchacha de prepa. Pero los exámenes no estaban listos y regresó a la casa. En el camino sintió una punzada en el corazón y ella pensó que sería de los nervios de no poder saber si su hija estaba bien o estaba mal. Por las prisas olvidó las llaves y se dio cuenta al querer abrir la puerta de la entrada cuando llegó. Tocó a la puerta muy fuerte varias veces pero como nadie le abrió mandó al niño a meterse por una ventana del lado de la cocina, para que pudiera abrir la puerta desde adentro. El niño cupo perfecto por la ventana de la entrada y entró corriendo haciendo justo lo que su madre le había pedido. Pero de repente pegó un grito, un alarido que me contó la enfermera que le puso los pelos de punta. Gritaba y lloraba el nombre de su hermana una y otra vez y luego gimoteaba “mamá, mamá”. La enfermera se asustó muchísimo y no sabía que estaba pasando, comenzó a tocar la puerta con fuerza y a gritar el nombre del niño y que por fin corriendo abrió la puerta. La enfermera desesperada preguntó a su hijo que pasaba y el solo gritaba el nombre de su hermana y la enfermera aterrorizada corrió al cuarto de su hija. La encontró bañada en sangre tirada en el piso. Y descubrió una escopeta a su lado tirada. Llamó de inmediato a una ambulancia y se llevaron a la chica al hospital. Estaba aún viva y respiraba. La intervinieron muchas horas en cirugía, más de ocho.  Al salir, el médico le dijo que la niña estaba entre la vida y la muerte pero que al parecer el bebe estaba bien. La enfermera se quedó perpleja y preguntó al médico: “Disculpe, ¿el bebe?”  y el doctor dijo  como si estuviera dando la hora: si pues la niña está embarazada.  Acto seguido la enfermera se desmayó.  Ahí inicio el viacrucis de mi niña. Un calvario muy largo pues mi hija se había disparado apoyando la escopeta en el suelo y dándose un balazo que se le voló media cara. Le había entrado por debajo de la mandíbula y le salió por el cráneo. Su recuperación fue muy dolorosa y ella no podía comer, pues le tuvieron que cerrar la mandíbula con alambres para que soldara.  Después de muchas cirugías el niño seguía creciendo en su vientre. Yo me quedé todo el tiempo con ella, y en ese tiempo nos unimos más que nunca. Llegó el día del parto y por parto natural nació mi nieto de peso completamente normal y saludable. Yo quedé perpleja con esta historia y pensé que muchas veces juzgamos sin saber lo que todo mundo lleva cargando. De pronto me asaltó una inquietud y le pregunté: ¿Quién era el padre? Y ella sacudió la cabeza y me dijo  “jamás le pregunté.” 

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