martes, 31 de enero de 2012

Ruleta Rusa


Cuando yo tenía a mis hijas en la escuela, era costumbre que para organizar los festejos se nombrara jefa de salón a la mamá más argüendera y que ésta se hiciera cargo de pasar los recados a las demás. Yo no era la jefa del salón pero me tocaba avisar a otras mamás sobre los eventos y cuotas escolares. Una de las que me tocaba avisar era una señora que nunca se daba la vuelta ni por las calificaciones. Era casi una leyenda urbana, yo sólo la había visto una vez y lo único que sabía de ella era que era voluntaria en una iglesia y era muy creyente.  Un día para organizar una kermese, me tocaba hacer ronda con ella para llevar al material para un puesto y la llamé a su casa con el fin de ponernos de acuerdo.  El teléfono dio tres timbrazos antes de que ella contestara con una voz llorosa y temblorosa.  De fondo se escuchaban gritos de un hombre y mucho ruido como que aventaban cosas o movían muebles.  Ahorita nosotros tenemos muchos problemas y estamos en una situación difícil no puedo ir, ni puedo ayudar en lo que me pides. Por favor no me llames ya. Yo me quedé un poco preocupada porque la había escuchado llorando  muy desesperada  y aún más porque los gritos del hombre en el fondo me habían puesto escalofríos por todo el cuerpo. Sin embargo, no me atreví a llamarla de nuevo, pasaron algunos días y aunque su hija si había ido a clases no supimos nada de su familia. Una tarde estaba en casa pintando un cuadro cuando timbraron a la puerta y mi mayordomo me dijo que era un muchacho. Fui a la puerta y encontré a un mozo quién me entregó un sobre con un cheque. Era de parte de la señora y se disculpaba por no poder asistir y ayudarme en lo de la kermese y que mandaba una cooperación para ello.  Pero la cantidad que donaba para la escuela era exorbitante. Normalmente y aunque era una escuela de paga, las donaciones no iban por arriba de los $500 pesos y esta donación era de $30 000 pesos.  El día siguiente llevé el cheque a la escuela con las monjas y lo entregué como me lo habían pedido. Olvidé por completo a esa mujer y la escalofriante llamada que le hice. Pasaron algunos años antes de que yo me enterara del infierno que vivía esa mujer. Mi hija se hizo muy amiga de una compañerita de ella en la escuela y tenía una madre que era muy simpática. Un día nos invitó a tomar el té en su casa y atando cabos descubrimos que mi nueva amiga era hermana de la ausente room mother,  que había donado el generoso cheque. Resulta que la señora era una fiel seguidora, tipo cucaracha de iglesia, daba catecismo, toda una Jackie O.  En cambio, su marido quien era un conocido secretario de la ciudad, juez y personalidad en el medio político era un verdadero hijo de puta. Me dijo que obligaba a su hermana a dormir como un animal en el suelo de la sala, que le metía sus buenos chingadazos y que además se rumoraba que bisexual, jugador, voyerista y gustaba de prácticas sádicas. Los vecinos y la muchacha del servicio un día le chismearon a la familia de la señora que el notable secretario hincaba a la mujer en la sala y le apuntaba con una pistola jugando ruleta rusa con ella. Evento que no había sucedido sólo una vez. Su familia se preocupó por ella, le rogaron, le lloraron y le pidieron con todo el ímpetu del mundo que dejara a ese hombre. Hasta que se lo contaron al párroco quien le dijo lo mismo, ese mismo día dejó de ir a la iglesia. Seguían juntos, no sólo no lo había dejado sino que había cortado comunicación con el mundo exterior, sólo sabían que vivía por que los vecinos oían los gritos a diario de las peleas y humillaciones. El afamado secretario siempre se salía con la suya, los vecinos y conocidos habían dejado de reportar los hechos. No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. Cuando regresé a mi casa pensaba en todo lo que mi nueva amiga me había contado y me dolía el estómago no más de de pensar en todo aquel suplicio.
Entonces imaginé la escena de la mujer, totalmente ensangrentada, hincada en el piso, pidiendo perdón por algo que seguramente ni hizo. El secretario  muy bien vestido de traje pero salpicado de sangre, mocos y lágrimas, rondando a la mujer en círculos apuntándola con la pistola, ella llorando en silencio. Él poniendo el dedo tembloroso en el gatillo, esperando  y al mismo tiempo temiendo que fuera el tiro premiado el que alcanzara la cabeza de su esposa. A quien años atrás había jurado amar y proteger a toda costa. “¿quieres recibirla como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarla todos los días de tu vida?”. Él la miraba llorar y ella recordaba el día de su boda, que como muchas ingenuas lo había soñado desde niña. El secretario daba vuelta al cilindro del revólver heredado de su abuelo y luego de un golpe jalaba el martillo, ponía el cañón en la cabeza sudorosa con el cabello revuelto de su esposa y jalaba el gatillo. NADA. Sólo silencio. Las lágrimas rodaban por la cara de la mujer que encañonada y de rodillas se resignaba a su posible destrucción craneal. Muchas veces le había golpeado con la cacha de la pistola y no sabía que era mejor, si los golpes continuos, físicos y mentales o que de plano ya le diera un balazo y ya. “El Señor, que hizo nacer entre vosotros el amor, confirme este consentimiento mutuo, que habéis manifestado ante la iglesia. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

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