lunes, 6 de febrero de 2012

el playboy



Hace muchos años viví en un departamento hermoso con unos ventanales grandísimos. Era una zona que apenas se poblaba. El dueño de los departamentos vivía a media cuadra de mi casa. Era un cuarentón bastante bien parecido, tenía fama de mujeriego y jugador. Casi todas las noches llegaba en su Maverick convertible rojo con una mujer diferente y a veces hasta dos o tres. Su mucama quien era muy sociable y conversadora me dijo que era también muy ecéntrico[sic]. Ella todos los días tenía que lavar el piso de la cochera con pinol y hombre gastaba un dineral en tener toda la casa desinfectada, tenía pantallas de televisión por todos lados y las tenía prendidas casi a todas horas del día. La mucama ya estaba viejita y me decía que nadie quería trabajar en esa casa porque el piso de casi toda la casa estaba hecho de espejo o un material reflejante, y pues obvio el pelón playboy era fan de verles los calzones a por ahí. El playboy, amaba las fiestas y las partidas de poker, una vez organizó una casino night con todos los vecinos hombres, mi esposo, afortunadamente no estaba en la ciudad y no fue porque la sirvienta me contó que hubo depravación y media. Además el playboy, coleccionaba revistas porno y las tenía regadas por toda la casa, la sirvienta que a pesar de ser ignorante y con su poco conocimiento del mundo del porno había aprendido, gracias a los sermones diarios del hombre sobre el sexo anal, el lesbianismo, group sex etc. Yo cuando me dijo esto quedé impresionada y un tanto en shock pues el hombre quien era también mi arrendador siempre me había dado la impresión de ser un caballero, siempre me había tratado con educación y hasta la bolsas del mercado me había cargado un día porque en ese tiempo que pasó esto, yo estaba embarazada de mi primer hijo. Mi esposo trabajaba fuera mucho tiempo y yo lo pasaba un poco sola y por eso empecé amistar con la sirvienta del playboy. Entre otras de sus excentricidades era siempre vestir de blanco. Yo no dejé de saludar al hombre con la naturalidad de siempre, de pagarle la renta a tiempo y trataba de dejar de lado lo que la sirvienta me había contado. Entre las tantas mujeres que el playboy llevaba a su casa un día llego la de las trenzas. La de las trenzas era una joven de unos 17 años aproximadamente que había llegado a la ciudad de un pueblo cercano a estudiar estilismo y corte de cabello. Y pues quien sabe de dónde se la robó este pelón que cada vez la empecé a ver más seguido sentada en una silla mientras la sirvienta limpiaba la cochera. Yo la saludé y me dijo su nombre y que su sueño era tener su propio salón de belleza y tener clientas a artistas de la televisión. Cuando le pregunté qué hacía en la casa no me contestó. El pelón cuando le pagaba la renta nunca mencionó nada de ella, y pronto dejé de verla hasta pensé que se había ido. Hasta que un día caminando por afuera de su casa la vi por la ventana vestida solo con una túnica y tocando un arpa, por el vidrio la verdad no sabía si tocaba bien o mal pero tenía la mirada perdida y vacía como si estuviera muerta. A la sirvienta hacía tiempo que no la veía tampoco y de repente apreció en la cochera y la saludé. Me dijo que ahora si el playboy se había vuelto loco, que le metía unas tranquizas a la chamaca hasta dejarla inconsciente y que le había prohibido hablar conmigo porque era una vieja chismosa. Y dije mira tan buena persona que se veía el pelón y que ande diciendo que soy una chismosa. La estilista era sometida a varios roles para los juegos sexuales del playboy, tanto que su última obsesión eran los romanos y la tenía encerrada tocando un arpa sí que le pudiera hablar a nadie. La sirvienta curaba a la muchacha de los golpes seguido y me decía que ya tenía ya una parte de la cabeza sumida que al playboy además le gustaba pegarle de mordidas  y que le había quebrado hasta un dedito con un martillo unos meses atrás. No le creí a la sirvienta, sabía que el playboy tenía problemas pero no creía que fuera tan violento. Me enteré tiempo después que la de las trenzas estuvo embarazada y que había tenido una niña. Quise ir a felicitarla y a darle unos regalos para la niña pero nadie me abrió la puerta. Los dejé en la entrada y pasé por la casa y encontré mis regalos en la basura. Me molesté pero pensé que quizás lo mejor era no acercarme más a esa casa con intoxicante aroma a pinol. Debajo de mi departamento se mudó una pareja de fotógrafos que pronto se convirtieron en amigos míos y de mi marido ya casi no extrañaba a la sirvienta, y ellos también conocían al playboy pues era su arrendador  y para casos curiosos de la vida el playboy se mudó debajo de ellos pues su casa decidió remodelarla. Parecía que todo había vuelto a la normalidad cuando un día en la madrugada tocaron a la puerta y era la sirvienta con la niña en brazos con una cara como si hubiera visto al diablo. Le pregunté lo que pasaba y me dijo que hacía unos meses el señor se había puesto como loco porque creía que la de la trenzas lo estaba engañando con el que puso las cortinas. La había agarrado a golpes con el cortinero, primero en los brazos y luego en todo el cuerpo, las alfombras recién puestas se llenaron de sangre y la mujer se arrastró por el suelo pidiendo ayuda. Nadie se había enterado lo que a la pobre mujer le pasó, pues el playboy tenía muchos contactos y un amigo medico que se iba a curar a su casa.  En la borrachera de ese día, el playboy había recordado lo del pobre instalador de cortinas y se había puesto violento y fue a buscar la pistola pinche vieja piruja malagradecida te voy a matar por puta. La estilista fallida había pedido a la sirvienta que huyera para mi casa con la niña. La sirvienta pidió y rogó a mi esposo que fuera a controlar al hombre. Mi esposo fue y no regresó hasta el día siguiente, yo tenía miedo de que el playboy lo hubiera matado pero el playboy se había comportado como si nada hubiera pasado, pero esto pasó unas tres veces más. Hasta que q nuestros vecinos fotógrafos les dispararon en el techo, ellos hablaron a la policía y vinieron a tratar de controlar al pelón. Escuchábamos cada vez más gritos y la policía venía frecuentemente por las quejas de los gritos y ruidos de los pleitos. Un día que regresamos de unas vacaciones nos dimos cuenta que se habían mudado. En la puerta de mi casa encontré a la sirvienta con unas flores en la mano y una carta de la estilista que decía gracias. Me habían dejado a la sirvienta quien se quedó trabajando conmigo por muchos años. Tiempo después me encontré a la estilista comprando cosas en un supermercado, tenía la cara toda marcada y los ojos tristes sin la chispa que tuvieron cuando quería ser estilista de estrellas. Su ropa estaba andrajosa y su aspecto dejaba mucho que desear. No me reconoció y no hice por saludarla, detrás de ella y más vigoroso que nunca, con un traje de lino blanco precioso e impecable estaba el playboy hablando por celular mientras le ponía a una mano en el hombro.  

la reina



Qué envidia siempre había sentido de una chica que era mi compañera en la escuela de monjas. Desde siempre. Cuando éramos chicas, siempre iba de vacaciones a estados unidos, siempre traía la ropa más nueva y los mejores cuadernos a la escuela. Tenía el cabello larguísimo y se lo peinaba en una trenza larga y suave, la piel blanca con pequeñas pecas que hacían resaltar sus ojos grandes verdes. Siempre le iba muy bien en la escuela, cuadro de honor, era porrista y conforme fuimos creciendo era la que tenía más pegue de todas. Los de la escuela de caballeros de al lado literalmente solo venían para verla cuando salíamos de la escuela. Estuvo claro que fue la primera en entrar a la universidad y la mejor en su clase, se graduó con honores y para acabarla de chingar se casó con el más guapo. El era súper bueno jugando futbol, presidente de su clase, altísimo, ojos grandísimos azules, el más popular y obviamente el mejor de su clase. Los dos de familias súper de abolengo, no podrían hacer mejor pareja un tornillo y una tuerca. No tardaron en casarse Barbie y Ken, les iba muy bien a los dos. Pero ella obviamente dejó su profesión y como buena esposa burguesa se dedicó de lleno a ir al spa y jugar cartas por las tardes con sus otras amigas desocupadas. Tuvieron unos hijos hermosos que al parecer eran igual de perfectos que ellos, campeones de tenis y de golf desde niños. Yo me casé casi al mismo tiempo que ella, y compartíamos clase en el psicoprofiláctico. Pero la verdad es que nunca fuimos muy cercanas, más allá del saludo, no compartíamos nada más que le mismo código postal y la cuadra. Resultó que éramos un poco vecinas, aunque mi casa no era de una manzana como la de ella. Y a decir verdad ella no tenía muchas amistades, pero era muy amable y siempre estaba sonriente, la gente la quería mucho. Pero poco a poco me fui enterando de la verdadera cara de la muñeca perfecta que yo conocía. Conforme pasaron los años, sus hijos perfectos crecieron, pero crecieron fuera de casa, porque los mandaron a estudiar fuera a un internado en Suiza. Ella se fue deteriorando poco a poco, casi no salía, siempre salía sola y misteriosamente, siempre fumando como si no hubiera mañana. Su cabello antes largo y abundante ahora estaba siempre en un chongo y su piel blanca se fue volviendo amarillenta. Decían las malas lenguas que debía mucho dinero porque apostataba todo, su papá desde niña siempre le regalaba dinero y lo malgastaba y apostaba siempre. El marido comenzó a ser mas ausente en esa casa y se comportaba muy raro. Un día que estaba supervisando a mi sirvienta barriendo la calle me la encontré platicando con el jardinero de Barbie y se callaron de inmediato a verme. La verdad es que yo nunca he sido prepotente con la ayuda, y me pareció muy extraño que se pusieran tan callados al verme. Le pregunté porque habían callado tan renuentemente al verme y el jardinero solo bajo la cabeza le levanté la cara y le pregunté qué había pasado y mi sirvienta me miró y sus ojos se llenaron de lágrimas. El jardinero me dijo que el señor se había vuelto loco la noche anterior y que había golpeado a la señora y que se la habían llevado de emergencia al hospital. La verdad es que no era secreto que el Ken la golpeaba. La verdad es que le metía sus buenas putizas seguido, pero nunca de este modo. El jardinero nos dijo que Ken había llegado muy borracho de su club de puros y que Barbie estaba sentada contando dinero y el la acusó de robarlo de la bóveda de la casa, ella, también un poco ebria lo desafió y el la agarró al golpes con el bastón para atizar leña de la chimenea del salón. Me dijo que le había desfigurado la cara a madrazos y que ella salió a pedir ayuda y se arrastro con las dos piernas rotas y los senos de fuera en la calle. Me señaló la entrada de la casa donde la sirvienta de ahí estaba limpiando efusivamente con una escoba y jabón. Me dijo que había charcos de sangre y rastros por toda la casa y que eso era lo que limpiaban. Yo me cubrí la boca con las manos y no podía creer lo que me decía. Pero, ¿qué pasó con ella? El ya no me pudo contestar y corrí con la doñita, (que había sido la nana de Barbie),  quien limpiaba el piso ensangrentado. ¡Doña! Pero, ¿cómo es posible? ¿Nadie llamó a la policía? ¿Dónde está la señora? Ella no respondió y solo miraba el piso que con el jabón mezclado con la sangre se veía ahora rosa. Me quedé parada ahí inmóvil sintiendo escalofríos de ver esa escena que tan tranquilamente solo limpiaba. Di unos pasos hacía la calle y me fui a mi casa. Para la tarde de ese día toda la cuadra sabía de lo sucedido, era el chisme  por mayor, y yo estaba desesperada por saber alguna noticia. No sabía si sería correcto llamar a sus hermanas o si de plano solo lo iba a empeorar. Estaba mirando la calle sola por la ventana de mi mezzanine y la casa parecía sola, el piso estaba bien fregado, ya no había rastros de sangre y en eso llamó mi atención el timbre de la puerta. Mandé a mi hija abrir la puerta pero como no me respondió fui yo. Era la doñita que barría la casa y me dijo que quería hablar conmigo.  La invité a pasar y platicamos mucho, me dijo que ella había sido la nana de la señora por años, y que ella sabía que era lo que había pasado en esa casa siempre. El señor era violento y se ponía borracho y celoso seguido la golpeaba, pero la señora quiso siempre guardar la apariencia y nunca reportó. Más que nada para evitar los chismes. Mi muchachita siempre la pasó mal. Yo le dije que no era cierto, que seguramente era lo primero malo que le pasaba en su vida. Que siempre había tenido la vida perfecta. Qué equivocada estás hija. Esa niña tan chula, siempre tuvo mala suerte con los hombres… La señora se acomodó el cabello con un pasador y me relató la triste historia de mi perfecta mujer. Su padre había abusado de ella, y por eso le daba tanto dinero, como si su culpabilidad tuviera precio y el marido quien había parecido un príncipe desde siempre física y emocional mente no era más que un inseguro hijo de puta que se dedicaba a meterle golpizas. Pero como eran ambos conocidos y queridos del jet set siempre se habían mantenido hasta cierto punto al margen. El señor ahora sí que no se midió. Quien sabe y como vaiga [sic] a quedar la señora después de esa golpiza. No se le veía forma en la cara y toda chueca. Sabe porque son ustedes los ricos tan raros. La doñita se fue de mi casa y me dejó con la piel de gallina. Una semana después volví a ver a la doñita y me dijo que la señora se había ido de vacaciones. Todos sabíamos que arreglarse la cara a estados unidos o recuperarse fuera de todos los reflectores del chisme local. Pasaron meses antes de  que la volviera a ver. La encontré entrando al teatro y sonriendo con una cara claramente operada que apenas reconocí del brazo del hombre que meses atrás casi la había matado.