lunes, 7 de mayo de 2012

La activista


Teníamos muchas ganas de cambiar el mundo. ¿Qué chingados sabíamos? Todo mundo se mete con los indios, nadie los respeta, son la verdadera herencia de nuestro pueblo y dejamos que siempre los pisen. Si bien dices yo no les hago nada, ni los discrimino, pero en tu carro los pasas de largo, les regateas las artesanías y te crees muy alternativo en el coachella con tu collar de chaquiras. No hacer nada también es darles en la madre. Yo no quería ser así, yo quería hacer algo de verdad, que la gente se diera cuenta de que los propios mexicanos la estamos cagando. Me metí a este movimiento cuando estaba chiquilla, yo creo que tenía unos 17 años. Me había ido de la casa, tenía mi tele en mi cuarto, mi bolsita Coach, mi novio puberto y me iba bien en la escuela. No necesitaba a esa edad realmente muchas cosas, pero siempre me interesaron los derechos indígenas, mi nana, había sido una india chiapaneca que hablaba tzeltal y que era muy sabia. Ella me había enseñado el valor de la naturaleza, de apreciar lo que tenemos por momentos en la vida aunque los tengamos diario. Ella decía que iba a haber un día que ya no va haber luz del sol, que la contaminación va ser tan espesa que un rayito del astro va ser un lujo y que la siguiente gran guerra de este mundo como lo conocemos va ser por agua potable. Nunca lo olvidé y menos pude perdonar a mis padres cuando la despidieron por ser inutilizable. Era demasiado vieja y no se podía mover con facilidad y mis padres creyeron que lo mejor para ella era echarla a la calle, yo estaba  en un campamento. Me dijeron que se había muerto, pero mi hermano me contó la verdad, desde entonces nunca quise saber nada de mi familia. Escuché que en la tierra de mi nana, andaban armando una revolución así que me les uní. Leíamos a Marx a Engels y a la ideología alemana en conjunto con las enseñanzas indígenas.  Teníamos muchos sueños, muchas ideas y mucha energía, pero el progreso es algo que no se conoce en este país. Un día hubo una manifestación, una revuelta los comerciantes quería ponerse donde siempre, el gobierno no los dejaba, nadie se entendía hablando. Al principio, fuimos como apoyo pero todo se empezó a poner muy violento, los policías sobre todo empezaron aventar gas lacrimógeno y todos comenzamos avanzar para atrás. Había más mujeres donde yo estaba, había mucho humo y mucho fuego. Olía a llantas  y a cabello quemados, tuve miedo por un instante de lo que me fuera a pasar. Cuando se disipó todo, los policías nos agarraron a todas las mujeres y nos aventaron a un camión. Nos dieron de golpes, a mí me metieron un patadón que me cerró un ojo, a una de mis compañeras le metieron hasta la macana por la vagina, porque no se dejó tocar. Nos tenían ahí encueradas para poder hacer con nosotras lo que quisieran. Yo estaba demasiado golpeada, y me desperté peor a  otra la agarraron entre tres animales, después de violarla hasta que se cansaron a madrazos le desfiguraron la carita. El camión olía a sangre, mucha sangre. Dice Nietzsche, que la crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad. La crueldad que se nos manifestó ese día ni tiene ni tendrá nombre. No sé porque el ser humano es de esos animales que mientras más mal hacen, más sangre ven y más hacen sufrir más lo disfrutan. La cosa es estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, no nos mataron, pero lo bailado y bailado encima nadie te lo quita. Querían que nos quedáramos calladitos después de eso, pero solo han logrado alimentar mi ira, el miedo es el arma más poderosa, pero prefiero morir en esto que se llama lucha, que quedarme en mi casita, cruzada de brazos, casada con diputado, con coche, perro y niños. Lo que nos pasó fue una monstruosidad que no se la deseo a nadie. Muchas quedaron muertas por dentro, caminando sin sentido sin saber para que vivir. Yo sólo sé que quiero seguir viva para poder luchar, para poder darme mi lugar en el mundo, si me matan a la que sigue, pues que así sea. Déjense venir pinches puercos. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

ONS



No sé si fue el mezcal, la pinche soledad, mero aburrimiento o la tristeza. O igual y fue todo junto y nada al mismo tiempo. Ya me había cansado de echarme las noches enteras a empedarme y a oír y no necesariamente en ese orden a los Joseses, a José José, a José Alfredo Jiménez y para cerrar con broche de oro la depresión y lastima a mí misma, José Feliciano. El ruido no me dejaba oír nada, pero podía ver tu cara entre las muchas que se ponían enfrente de nosotros pasar. Hacía tiempo que te tenía ganas. Me sonreíste a lo lejos y me hiciste un gesto con la cabeza, como si muy altenerito me levantaste la quijada y sentí que me retabas. Obvio yo como siempre, me hice pendeja, no me quería sentir cobarde, tenías como un mes que me gustabas, ya más que me llamabas la atención, pero me gustabas normal como yo siempre digo. No me quitabas el sueño ni pensaba en ti, más bien me gustabas como “no me agüito si algo pasa”. Nada fuera de lo común, me gustabas como me gusta comerme un dulce de jamaica de vez en cuando, como me gusta tomar agua de horchata cuando no hay más. Tenía ya varias semanas que de plano sentía que me llevaba la chingada, todas las noches se me iban en llorar, a veces no dormía pensando en que tal vez por haber rechazado a un amor que más o menos la armaba, me iba a quedar sola para siempre, pero al mismo tiempo sin querer estar con nadie igual, por miedo, por hueva, por indiferencia… no supe ni bien porqué. El caso es que ese día me sentía especialmente vulnerable, el alcohol no es tu amigo jamás, el alcohol es como tú, cuando no hay más lo tomas, y cuando lo ves al día siguiente, te pones a darte de topes, porque la cagaste y no puedes revertir lo que pasó. De ti no me acuerdo con las canciones deprimentes de los pepes, ¿ni que fueras qué? Todos me lo dijeron, te vas arrepentir, te va doler, vas a sentirte mal luego. Pero, ¿qué tiene? Nunca lo había hecho, siempre había tenido ganas pero siempre había tenido mucho miedo, pero ese día, al borde del suicido, decidí tomar hasta la muerte o acostarme contigo que fue lo mismo. No sé ni cómo pero dejé que me besaras enfrente de todos, que me tomaras de la mano y que me llevaras con un vaso aun en la mano a tu casa, a echar pasión. Apenas podías manejar, yo no podía creer lo que estaba haciendo, me mirabas continuamente y me sonreías aunque yo no decía nada. No iba por gusto, sino por necesidad, yo tenía que probarme que no estaba muerta y tú me ibas a servir para ello. Yo creía que tú estabas consciente de esto. Entramos a tu casa a que estaba a obscuras, nos tambaleábamos, veníamos muy tomados. Falta y no se le pare al cabrón. Me sentía segura lo que iba a hacer, no sentía remordimientos, y la verdad que pasó por mi cabeza matarte, pero eso siempre lo pienso. Entonces ni me alarmé. Nos metimos a tu cuarto, sin hacer mucho ruido para no despertar a tu familia. Tu cuarto era como el de un adolescente, había colillas de cigarro por doquier, bolsas de mariguana y una pantalla gigante. Te sentaste en una silla y yo me quedé parada sin saber qué hacer, me harté, te tomé del cabello y te jalé a la cama, nos comenzamos a besar y eso estuvo muy bien, de una cosa a la otra empezamos a hacer a lo que íbamos. No te gustaban las mordidas y aunque me dejaste darte varias cachetadas no me desquite todo lo que pude. Casi me quedo dormida, tú estabas muy entrado y te creías el rey del sexo. Nunca me habían cogido tan mal. Me fui de tu casa asqueada, aburrida y sin ganas de vivir. Y para acabarla de chingar te enamoraste de mí, poemitas y la madre. Cuando te dije que le pararas, me hiciste un drama, que te use y que no sé qué más. Qué flojera, ahora tengo que huir si te veo, ignorarte si me hablas, esconderme si te veo en la calle. Guardé en mi Birkin las notitas que me diste cuando creía que valías la pena. Tal vez soy una perra, una descarada por no querer verte ni estar contigo porque no me diste lo que quería. Ahora estoy igual que como estaba antes, si bien no me violentaste, me destruiste por dentro, porque ahora gracias a ti me di cuenta que en verdad estoy muerta. Y que lo más cercano que tengo a sentir vida dentro de mí es oír a los tres pepes una y otra vez, chillando y botando mocos y sin saber bien porque demonios no te vas.