miércoles, 13 de junio de 2012

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Se habían conocido en un bar. Él pensaba que ella era canadiense y ella pensaba que él estaba borracho. Déjame tomarte unas fotos, me gusta sacar fotos de la gente que veo. Ella dijo que si, no posó, solo se enfocó en no cerrar los ojos. Casi nunca le tomaban fotos aunque ella hubiera querido todo lo contrario. Le invitó una cerveza y le halago el cabello que se podía saber que era largo aunque lo traía recogido en un chongo en trenza enredado en la cabeza. Te había visto en fotos, pero no estaba seguro que fueras tú le dijo el vaquero con la cámara. No sabías ni quien era mentiroso. Le contestó ella tomando su cerveza a grandes sorbos. Pues la verdad es que lo único que sé es que desde que te vi me dieron ganas de morderte hasta que te saliera sangre. Dicho esto le tomo el hombro y se lo besó, a retirarse le encajó los dientes.  Ella no se inmutó en lo más mínimo por el comentario del vaquero, y aunque no estaba acostumbrada a las declaraciones del estilo no le pareció nada descabellado que alguien que acababa de conocer la encontrarla mordible. Los besos y las mordidas son lo mismo, solo en diferente ímpetu. Unos duelen de diferente modo. Hasta cierto punto un beso es una invasión a tu persona. Una violación a tu cara. Hecho mal da coraje, hecho bien causa adición. Los besos son una cosa muy peligrosa que debe usarse con cuidado porque es un arma de dos filos. Una sentencia que como puede ser tu salvación puede ser tu derrota. Él la miró toda la noche y aunque casi no estuvo a su lado cuando pasó donde ella estaba con sus amigos le dijo no me gustas nada, eres la mujer más extraña que he visto. A ella no le afectó para nada el comentario. Pasaba a su lado y le tocaba la espalada con un dedo, produciéndole escalofríos. Tú tampoco me gustas a mí cabrón. Pasada la media noche él se le puso enfrente y le dio una servilleta con algo escrito. Ella lo leyó y lo guardó en su clutch verde Cavalli. Esa noche tomó demasiada cerveza y fue al baño varias veces, en una de las veces entró el vaquero ella lo vio por el espejo, se le acercó y cerró los ojos.
El día siguiente el bar amaneció acordonado por la policía. Encontraron el baño lleno de sangre, cabellos pegados por todo el espejo, ni rastro de la chica. Ni su ropa. Dicen que se la comió, que no era la primera vez que lo hacía. Lo único que había debajo del lavabo eran un par de deditos que mosqueados daban más tristeza que asco. 

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